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Tía Yolanda, sus 80 años, su Escarabajo

 #UnaHistoriaQueNuncaAntesHabíaContado

Lo que voy a expresar quizás sonará algo egoísta con el resto de mis tíos. Ellos saben del aprecio que siento por cada uno de ellos, todos, pero el que siento por mi tía Yolanda es muy especial. Es más, estoy seguro de que todos sus sobrinos sentimos lo mismo por ella.


Tengo muchos recuerdos, todos hermosos, de mi infancia durante las vacaciones en la 15, la carrera 15 de San Cristóbal, Táchira, donde aún está la casa de mis abuelos paternos. Cada vez que terminaba el año escolar nos impacientábamos para tomar camino a San Cristóbal: a veces nos llevaba mi mamá; otras, mi papá; y en ocasiones viajábamos con algún tío que estaba de paso por Caracas. En muchas oportunidades también íbamos en diciembre para celebrar la Navidad y el Año Nuevo. Claro, esto último terminó cuando en 1979 mi mamá compró su primera tienda, luego otras, y diciembre se convirtió en el mes de las ventas y del comercio.


Volviendo a mi tía Yolanda. Ella era, por decir lo menos, la responsable de sus sobrinos. Todos. Omar Alfredo, William, John y Marita de mi tía Mery. Julito y Marjuly de mi tía Margarita. Por supuesto había más, los locales, pero nosotros —Humberto, Frank y Nacho (yo)— y los hijos de las tías Mery y Margarita veníamos de la capital. En casa de los abuelos nos esperaban Tathy y Carlitos, de tío Ricardo; Alixander y Oscar David, muy pequeño, de tío Oscar; German Adolfo y Katiuska, de la propia tía Yolanda; y Lissette y Mauricio, del tío Jorge. Hay muchos más primos, pero llegaron después, en la siguiente camada de la familia.


Para la tía Yolanda era la temporada de hacer planes con todos sus sobrinos, en medio de sus responsabilidades de trabajo como, si mal no recuerdo, Demostradora del Hogar. Creo que ese era el nombre de su cargo en el desaparecido Ministerio de Agricultura y Cría. Un detalle importante era su constante invitación a leer. Tenía una colección de libros muy interesante en su habitación, y es en esa misma habitación donde guardo la memoria de muchas conversaciones riquísimas que tuve con ella. Los cuentos de su viaje a Costa Rica, las experiencias que vivió allí; su trabajo y cuanto le gustaba lo que hacía; las visitas a comunidades rurales del Táchira. No estoy seguro si recuerdo bien, pero creo que mencionaba Borotá, Queniquea, Michelena y otras comunidades de ese bello estado. También hablábamos de los planes para esas vacaciones. Esas conversaciones me hacían sentir especial.

 

Pero debo confesar que, en esa época, sentía celos de mi querido primo Omar Alfredo. Siempre percibí que había una conexión muy particular entre ella y él. Admiraba como conversaban. A veces sentía que tía Yolanda lo trataba como a alguien de su misma edad. Me daba la impresión de que se entendían muy bien. Con el tiempo fuimos creciendo y ya todos estábamos en el mismo nivel de confianza —por decirlo de alguna manera—, pero por supuesto aquellos celos no tenían razón de ser: la tía Yolanda fue, y sigue siendo, muy especial con todos nosotros.

 

Y hay un recuerdo que todos nosotros, sus sobrinos de esa época, conservamos con enorme cariño: los «viajes» en su querido y recordado Volkswagen Beetle, modelo 1968, comprado en 1969, que aún rueda y que hoy, mientras escribo este relato, uno de los primos de la segunda camada logró conducir. Era un sueño para todos los primos de mi época. Por supuesto, sentí una sana envidia cuando, en el chat de la familia, Germán Adolfo —hijo de la tía Yolanda— compartió una foto del primo Williams con el mensaje: «Sueño logrado».

 

Y es que, créanme, ese Escarabajo era una pieza fundamental de las vacaciones de toda esa muchachera que llegaba a casa de los abuelos. Todos —y cuando digo todos, éramos todos— nos metíamos en ese carro para ir a pasear, y “pasear” significaba ir al mercado de La Ermita, o al CADA de compras; a comprar pan o lo que hiciera falta en casa, pero también a Pueblo Nuevo, Capacho, San Antonio o incluso Cúcuta. Imagínense que en la parte posterior del asiento trasero había como una especie de pequeño cajón… pues incluso ahí nos metíamos. Nadie quería quedarse en casa.

 

La tía Yolanda disfrutaba pasearnos en su carro. Sin duda alguna lo hacía porque, como aún lo hace hoy día, su amor por nosotros y por todos es expresión de lo inmenso que es su corazón. Cuando la visité en 2011, en uno de mis viajes a Venezuela, tuvimos una larga conversación en el comedor de su casa. Revisando su álbum de fotografías noté la celebración de su cumpleaños número 60, y yo no estaba. Le pregunté por qué, y me dijo, con mucha amabilidad: «Hijo, después que usted se casó (mi primer matrimonio), usted se divorció de todos nosotros, y está bien. Usted hizo lo de muchos hombres: se casan no solo con la mujer, sino con la familia de ella. Pero, ¿sabe algo? Su papá hizo lo de siempre: lo defendía y buscaba cualquier excusa, que era un hombre muy ocupado, de muchas responsabilidades, imagínese. Claro, todos aceptábamos las excusas de su papá; igual siempre lo hemos querido a usted, y todos sus primos también». Hace pocas semanas conversamos. Era, como siempre, la tía Yolanda que todos sus sobrinos conocemos. Y, por supuesto, le repetí cuanto la quiero y lo especial que ha sido para mí, siempre.

 

Con los años he comprendido que la grandeza de mi tía Yolanda no reside solo en los recuerdos que nos regaló, sino en la forma en que nos enseñó, sin proponérselo, a amar a la familia, a valorar los detalles simples y a sentirnos parte de algo más grande que nosotros mismos. Ese Escarabajo del 68, sus libros, sus historias y hasta sus regaños cariñosos —porque los hubo— son piezas de un legado que permanece intacto en la memoria de todos sus sobrinos. Ella logró que cada uno de nosotros, aun con nuestras diferencias, nos sintiéramos vistos, escuchados y profundamente queridos.

 

Hoy, al pensar en ella cuando llegó a sus 80 años en 2025, no veo solo a la tía que nos llevó de paseo, que nos abrió las puertas de su cuarto con sus libros y ricas conversaciones. Veo a una mujer extraordinaria que ha sabido abrazar a toda su familia, incluso cuando la vida nos llevó por caminos distintos. Mi tía Yolanda sigue siendo ese faro discreto, pero firme que ilumina nuestras historias personales. Y por eso, por todo lo que fue y todo lo que sigue siendo, este relato no es solo un recuerdo: es un tributo al enorme amor que siempre nos ha dado.

 

Bendición, tía bella.


























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