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Simón Alberto Consalvi, embajador y escritor, de Washington a Mérida

#UnaHistoriaQueNuncaAntesHabíaContado

 

Hace ocho años, el 11 de marzo de 2013, falleció Simón Alberto Consalvi. Cuando conocí la noticia vinieron a mi mente varios recuerdos de él y la intención de escribir unas líneas acerca de mis encuentros y no es sino hasta este momento que lo hago. De ellos, el primero fue una entrevista, quizás de 1983 o 1988, con Sofía Ímber, no recuerdo si estaba Carlos Rangel. En la misma ella le comentó que estaba en desacuerdo con la decisión de Acción Democrática de excluirlo de la lista de candidatos a senador. No recuerdo su respuesta, pero a mí me parecía correcto que no lo postularan porque él siempre terminaba sirviendo en el ejecutivo y era probable que el candidato presidencial de AD ganara esas elecciones, como ocurrió en 1983 y 1988.

 

Tiempo después, en 1992, me tocó servir en la Misión de Venezuela ante la OEA, en Washington DC, justo en el momento en el cual él ejercía funciones como embajador ante la Casa Blanca. Por supuesto que hubo mucha oportunidad de compartir, en eventos sociales, actividades culturales, reuniones de trabajo, fueron innumerables.

 

Una tarde, conversando con su secretaria me comenta que él estaba trabajando sobre la biografía de Caracciolo Parra Pérez y yo, orgulloso, le comento que papá me había regalado la que había escrito Tomás Polanco Alcántara, ‹‹Con la pluma y con el frac››, ella se lo comenta y él me lo pide prestado. Al día siguiente me acerco a su despacho y se lo entrego. Me dice: ‹‹Josué, aprecio mucho tu gesto, lo estaba buscando, ahora podré continuar con mi trabajo››. Salí orgulloso, seguro de que estaba contribuyendo a su investigación.

 

En una ocasión coincidimos en la apertura de una exposición de un artista venezolano en la sede de la OEA y yo estaba acompañado por una amiga, nos acercamos a saludarlo, lo hago, le presento a mi amiga y él le pregunta: ‹‹joven, ¿cuál es su gracia?››, ella sin saber que decir, sonríe y se inclina como haciendo una reverencia a un monarca, él se sonríe y le dice: ‹‹le estaba preguntando cuál es su nombre››. Todos nos reímos.

 

Pasaron las semanas y de pronto una tarde conversando con mi jefe, el embajador Guido Grooscors, le comento que le había prestado el libro al embajador Consalvi y él se sonríe, calla unos segundos y me dice: ‹‹bueno Josué, mucha suerte, Simón Alberto tiene fama de no devolver los libros que le prestan››. Salí con dudas, no creía que eso fuera posible. Esa tarde se lo comenté a un apreciado amigo, embajador retirado que vivía en Maryland, y me respondió: ‹‹chico, pero es que tú no conoces aquel dicho que dice: “quién es más tonto, aquel que presta un libro o aquel que lo devuelve”››. Me asusté un poco porque era un recuerdo muy preciado para mí, me lo había regalado papá.

 

Conversé con su secretaria y ella me garantizó que él me regresaría el libro y así fue. Varios meses después me llamó Consalvi, me invitó a su despacho y me entregó el libro. Comentó lo oportuno que fue para su investigación y me agradeció mucho el gesto. Conversamos un rato sobre la figura de Parra Pérez, sobre el autor, Tomás Polanco, de como lo había conocido en esa ciudad y la anécdota de mi esposa investigando en los archivos de los Estados Unidos y la no mención de ella, sino de mí en los agradecimientos de la biografía sobre Bolívar del mismo Polanco.

 

Pocos años después acompañaba a Humberto Calderón Berti en una visita a Mérida y nos invitan a pasar por la casa de Consalvi a saludarlo. Llegamos, estaba con su esposa, nos sentamos a conversar. Me dice: ‹‹yo te conozco››. Le respondo: ‹‹sí, embajador, yo estuve de servicio en la misión ante la OEA durante su permanencia como embajador en Casa Blanca, le presté “Con la pluma y con el frac” ››, me dice: ‹‹claro, por cierto, gracias de nuevo››. Le comenté el susto que tuve cuando el embajador Grooscors me comentó lo de la no devolución de los libros prestados.

 

Se sonríe y me dice: ‹‹es cierto, algunas personas no lo hacen, para mi secretaria fue importante que te devolviera el libro, que bueno por ti que eran amigos››. No me quedo más nada que sonreír y agradecer que esa señora de quien nunca supe más era mi amiga en ese momento. 

 


 


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