#UnaHistoriaQueNuncaAntesHabíaContado
Cuando José Luis y yo llegamos a la Corporación de Desarrollo Agrícola del estado Miranda, a comienzos de 1999, coincidió con la llegada de un nuevo equipo al desaparecido Fondo Nacional del Cacao (Foncacao). Uno que buscó alianzas con las autoridades regionales para darle un nuevo impulso a ese rubro históricamente importante en nuestro país. Pero a esa coincidencia se le sumó también la oferta que nuestro amigo Javier nos hizo: «Deben conversar con Alberto Franceschi, están haciendo un excelente trabajo en Carúpano con el cacao, les puede servir para Barlovento». Y le hicimos caso. Invitamos a Franceschi y comenzó un trabajo del cual aún nos sentimos orgullosos.
El desarrollo del cacao en Barlovento era necesario; recuperar las plantaciones, la productividad, la calidad y, vino después, el «Salto Cuántico», como lo llamó José Luis, de pasar de las bolas de cacao a las plantas procesadoras semiindustriales de cacao, las queridas «chocolateras». Ya escribí sobre una de ellas, la de mi querida Amanda, Chocolates Mis Poemas.
Lo bien cierto es que junto al trabajo por el mejoramiento del cacao en Barlovento, se presentó la oportunidad de trabajar con un representante de Foncacao, en varios temas vinculados al rubro que incluían presentar un proyecto a un fondo nacional de financiamiento agrícola, del cual, por cierto luego escribiré, y una invitación a participar en el Exposición Universal de Hannover 2000. Nos propusieron llevar a esa ciudad, a esa exposición, la experiencia del cacao en Barlovento y así lo hicimos. Recuerdo que preparamos un video con la locución en off del reconocido Jaime Suárez y que el día en que partimos a Hannover, vía Frankfort, era precisamente el día del concierto en Caracas de una de mis bandas preferidas: Men at Work. Traté de ubicar la fecha precisa, pero no la encontré. Estoy casi seguro que fue un jueves.
Llegamos a Hannover. Nos presentamos en el recordado Pabellón Venezuela, diseñado por el maestro Fruto Vivas, «La Flor de Venezuela». Conocimos al equipo que debía permanecer toda la exposición como anfitriones por nuestro país, funcionarios de PDVSA casi todos, algunos de Cancillería. También a un joven venezolano ingeniero, estudiante de postgrado en una universidad alemana que, a pesar de no ser bueno en el arte, se ayudaba dando clases de salsa. Recuerdo que nos dijo: «No es que yo sepa bailar bien salsa, es que ellos, los alemanes, no tienen idea y les emociona aprender.». A los pocos días hicimos una presentación sobre nuestro trabajo con el cacao, y nuestro orgullo, el proyecto de las plantas procesadoras semiindustriales de cacao, las minichocolateras.
Estando allí decidimos visitar Berlín, queríamos ver lo que quedaba del famoso y derribado muro; conocer el Bundestag, la puerta de Bradenburgo. La ciudad en general. Viajamos en tren y logramos hospedarnos en un hotel ubicado en lo que se conocía antes de la caída del muro como Berlín Oriental, capital de la desaparecida República Democrática Alemana (RDA). Créanme cuando les digo que aún se sentía como si se viviera en los días de la RDA. La expresión en los rostros de las personas que encontrábamos en las calles. Los dueños del hotel en el que nos hospedamos eran rusos, vestidos con gabán negro, conduciendo Mercedes Benz negros, altos, callados, con miradas agudas. Sentimos, aunque nunca lo vivimos, que habíamos viajado al Berlín de los años 60 y 70. Cuando pocos años después se estrenó Bye Bye Lenin, en el año 2003, la vi y recordé esos días.
Estando allí por supuesto que aprovechamos de recorrer la ciudad, caminarla, usar las estaciones del metro o la U-Bahn, y es allí cuando viví un momento que aún recuerdo. Al salir de una de sus estaciones nos tocó caminar por un pasillo, algo oscuro y vimos a un grupo de jóvenes, bien jóvenes, quizás adolescentes, conversando, fumando. De pronto vino a mi memoria la película que había visto casi 20 años antes, Christiane F, la que narraba la vida de Christiane Felscherinow, aquella joven que en los años 70 y apenas de unos 12 o 13 años se volvió adicta a las drogas, a la heroína, y que logró salir de ellas a pesar de las circunstancias que vivió en casa.
En ese momento me transporté a la película, a lo que recordaba de ella. David Bowie cantando en un concierto al que Christiane asistió en compañía de Detlev, su nuevo amigo, con el cual vive aquellas experiencias que marcaron su vida. Caminamos y no dejaba de pensar en ella, en Christiane, en su paso por las drogas, en lo que debe haber sido esa vida y que en ese momento caminaba, quizás, sobre el mismo pasillo que ella debió usar muchas veces, sola o acompañada, tal vez pensando en que no tenía futuro o solo en vivir cada día sin saber si habría mañana.
Y recordé como terminaba. Christiane inyectándose por última vez; una extensión de tierra, nevada, una especie de pradera muy parecida a las que rodean a la ciudad en la que hoy vivo, Calgary, también nevadas. Y ella, narrando lo vivido y a donde llegó:
Sobreviví. Mamá me llevó con mi abuela y mi tía a un pueblo cerca de Hamburgo. Llevo dieciocho meses sobria. Me aterra pensar en Detlev. Pienso mucho en él. Me gustaría darle algo de mí, fuerzas y ayudarlo. Pero primero necesito fuerzas para mí misma.
Su vida continuó. Podemos leerla a través de algunas entrevistas que ha hecho a lo largo de estos casi cincuenta años. Mientras tanto, estos días en los que preparo un viaje para volver a donde no he vuelto en más de veinte años, volvió a mí el recuerdo de la fortuna de haber realizado ese viaje a Hannover, a Berlín y que se dio gracias a las invitaciones de José Luis y Javier, al encuentro con el alimento de los dioses en Venezuela, nuestro cacao de Barlovento.






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