#Una HistoriaQueNuncaAntesHabiaContado
Debo haber conocido a Juan Pablo Guanipa a finales de los años 80.
Ambos militábamos en la juventud de Copei, partido demócrata cristiano de Venezuela, en la recordada JRC, Juventud Revolucionaria Copeyana. Él era dirigente de la Democracia Cristiana Universitaria en la Universidad del Zulia; yo, en la Universidad Central de Venezuela.
Coincidimos en Estylo, Estudio, Trabajo y Logro, un grupo dentro de la JRC que se identificaba con los ideales de Rafael Caldera, pero, sobre todo, de Osvaldo Álvarez Paz. Ese equipo —mejor aún, ese grupo de amigos— nos hemos mantenido en contacto por más de 40 años.
A comienzos de los 90, en Estylo creíamos en la importancia de la discusión sobre los temas que eran significativos para la juventud venezolana. Por eso, con recursos propios, organizábamos retiros para conversar y debatir sobre nuestro futuro. Jóvenes de diversas ciudades de Venezuela reunidos durante tres días para hablar de actualidad, de la construcción de un país mejor y de nuestro aporte desde un partido político: Copei.
En 1990, con ocasión de un encuentro que planificamos en el hotel Tibisay de La Mesa de Esnujaque, estado Trujillo, un par de amigos y yo quedamos en vernos con Juan Pablo en Maracaibo para desde allí irnos juntos al encuentro.
Aterrizamos en el aeropuerto de La Chinita. Él nos estaba esperando y, según el plan, de allí salíamos directo a Trujillo. Pero nos dijo:
—Ustedes son unos mollejuos. Me hicieron venirlos a buscar y todavía me falta recoger algo en LUZ. Paso por allá y luego salimos para La Mesa.
Así lo hicimos.
Sorpresa: los estudiantes estaban protestando. No recuerdo por qué. Lo que sí recuerdo es que meses antes Osvaldo Álvarez Paz había sido electo gobernador y Juan Pablo había sido designado en un cargo. El caso es que los estudiantes vieron el carro de Juan Pablo y yo escuché:
—¡Allí está Guanipa, vamos…!
Y empezaron a llover piedras.
Yo me asusté y dije:
—Vámonos.
Juan Pablo, muy seguro y sereno, respondió:
—Vergación, ¿vais a tener miedo? A esos coños los conozco yo, hablo con ellos.
Se bajó, conversó con los muchachos, vimos una conversación sin dificultad y seguimos nuestro camino. Ese día conocí su liderazgo, su carisma.
Cuando organizamos otro encuentro en el estado Mérida, en el páramo de La Culata, en el centro jesuita San Javier del Valle, los de Caracas habíamos llegado un día antes. Junto a los amigos de Mérida comenzamos los preparativos. Al día siguiente bajamos a buscar a los de otras ciudades y en ese grupo estaba Juan Pablo.
Jamás olvidaré que en la radio empezó a sonar una canción de Alí Primera y él la cantó completa. Me sorprendió y le pregunté cómo era eso que se la sabía. Me respondió:
—Porque Alí fue un gran cantor y lo admiro mucho. Sus canciones son poesía.
Años después, justo después de su elección como diputado por el estado Zulia, se celebró en la Asamblea Nacional una sesión en homenaje a Alí Primera. Su viuda, Sol Musset, también era diputada. Juan Pablo pidió la palabra y su discurso fue, literalmente, hilando frases de canciones de Alí.
Cuando unos días después le pregunté sobre ese homenaje, me dijo:
—Hermano, Sol se me acercó y, con lágrimas en los ojos, me dijo: tus palabras han sido el mejor homenaje que Alí pudo haber recibido hoy.
En 2002 me tocó viajar a Madrid y recordé que él estaba haciendo su doctorado. Le escribí para vernos y lo hicimos. De ese encuentro recuerdo haberle preguntado:
—Juan Pablo, ¿por qué seguir estudiando?
Me respondió algo que nunca olvidé, aunque no recuerdo las palabras exactas. Era, en esencia, una convicción profunda: que la política sin formación se vuelve superficial, que el poder sin pensamiento se vacía, que estudiar no era un lujo sino una responsabilidad.
Desde su clandestinidad, años después, tuvo la osadía de reunirse con su grupo de amigos de Estylo. Tomábamos todas las precauciones. Yo tenía mis dudas, por aquello de que los cubanos tienen mucha experiencia, pero igual estaba presente.
Cuando ocurrió lo del TPS en Estados Unidos expresé mi opinión, que era distinta a la de la mayoría, y decidí retirarme. Contacté a Juan Pablo porque algunos amigos en Canadá querían apoyarlo y él aceptó. Poco después vino su detención por la dictadura, algo que asumió —créanme que es así— con mucha dignidad.
Y es allí donde todo se ordena en retrospectiva.
El muchacho que se bajó del carro frente a una lluvia de piedras.
El dirigente que cantaba a Alí Primera sin complejos ideológicos.
El político que prefirió perder un cargo antes que jurarse ante una farsa.
El académico que insistía en estudiar cuando ya tenía poder.
El hombre que siguió reuniéndose con sus amigos aun sabiendo el riesgo.
Todo era lo mismo. Siempre fue lo mismo.
Juan Pablo Guanipa no es preso por una coyuntura. Está preso por una trayectoria. Por una forma de entender la política como ética, no como cálculo. Como coherencia, no como atajo. Como responsabilidad, no como carrera.
Las dictaduras no temen a los políticos pragmáticos; temen a los coherentes. A los que no se doblan. A los que no se reciclan. A los que no negocian su conciencia. Porque esos no se pueden administrar.
Con los años uno aprende que el liderazgo no siempre se manifiesta en grandes discursos ni en multitudes. A veces se revela en gestos mínimos: bajarse de un carro, cantar una canción, estudiar cuando nadie te lo exige, reunirte cuando te lo prohíben.
Hoy Juan Pablo está preso. Pero no está derrotado.
Y nosotros, los que seguimos en libertad, cargamos una responsabilidad silenciosa: no acostumbrarnos. No normalizar. No olvidar.
Porque el verdadero triunfo de una dictadura no es encarcelar cuerpos, sino domesticar memorias. Y escribir sobre Juan Pablo —desde la amistad, desde la historia compartida, desde la gratitud— es una forma simple pero necesaria de resistir a eso.
De decir, sin estridencias:
yo lo conocí,
yo sé quién es,
yo sé por qué está preso,
y yo sé que, pase lo que pase, no se rindió.
¡Libertad para Juan Pablo Guanipa!
¡Libertad para todos los presos políticos!



Comentarios