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Amanda, su renuncia y cómo nacieron unos exquisitos bombones de chocolate

#UnaHistoriaQueNuncaAntesHabíaContado


Luisa Amanda González de García, la querida Amanda, es una señora mayor que, de solo verla, uno se enamora de ella. Eso no es de ahorita, me pasó la primera vez que la vi, en 1999. Si mi memoria no es mala, la conocí aquel final de 1999 en el que Venezuela vivió unas de las tragedias que más nos han tocado. 


Ocurrió el deslave de Vargas y el rompimiento del embalse de El Guapo, en el estado Miranda. Lo de El Guapo impactó toda esa zona de Barlovento y llegó hasta Los Leones, su pequeña hacienda en la zona agrícola de Manatí, camino a Agua Clara, muy cerca de la comunidad de San José de Río Chico. En esos días la conocí, ataviada para toda la ardua faena de limpieza que le venía. Aún recuerdo esa imagen. Ya debía tener algunos años en la zona, en ese espacio que escogió para su retiro, y del que nunca imaginó en qué terminaría. 


Conversar con ella era transportarse y salir de la zona en la que estábamos. Destacaba, no solo por su color de piel, sino por su forma de conversar, de expresarse, muy educada, muy inteligente, muy noble. Nos enamoró a mi amigo José Luis y a mí.


Pasada la tragedia, seguimos en nuestra labor en la Corporación de Desarrollo Agrícola del estado Miranda, Cordami, y comenzamos a trabajar muy duro en toda la cadena del cacao, rubro más destacado de la zona, con una historia unida a casi todas las familias que allí habitan. Uno de los proyectos que más nos motivó, fue lograr la transformación del cacao y buscar darle valor agregado. Con la experiencia de aquellas famosas «bolas de cacao», nos fuimos a Colombia a conocer las plantas chocolateras de San Vicente del Chucurí, Santander, las que transforman el cacao en rico chocolate y que no eran más que unas plantas artesanales que le dan a sus dueños, pequeños productores de cacao, como los de Barlovento, un mejor ingreso.


Con esa idea en mente regresamos a Barlovento y arrancamos nuestro proyecto, con algo más de ambición, y lo llamamos «Plantas Procesadoras Semi-Industruales De Cacao». Un nombre rimbombante para unas pequeñas chocolateras que eran un poco más que artesanales.


Comenzamos la selección de candidatos y una de ellas resultó ser Amanda. Todos contentos con ella porque conocíamos de su tenacidad, de su capacidad, de su coraje. Pero a punto de arrancar el proyecto, me pide una cita y va a conversar conmigo. Entra a mi oficina y noto que está cojeando. Preocupado, le pregunto que le ocurre y me dice: «De eso vengo a hablarte. Me da mucha pena con ustedes, pero estoy muy mal de la rodilla y tengo que renunciar al crédito del proyecto de la chocolatera». Palabras que me sorprendieron mucho, porque sabía y lo sé, que ella no es de tenerle miedo a la adversidad, la sabe enfrentar con mucha honorabilidad.


Conversamos un rato y al final tomo su carta, la leo de nuevo, la veo a ella y le digo: —confieso que con temor a ser grosero con ella— «Amanda, no te voy a aceptar la renuncia porque sé que lo de tu rodilla es una excusa, hay algo más. Sea lo que sea, lo podremos resolver», y rompí la carta en varios pedazos y la eché al cesto de la basura. Me vio muy sorprendida. Con una cara que decía no entender lo que estaba sucediendo. Un poco aturdida, imagino que pensó que sería fácil salirse del proyecto, pero no logró su cometido. Casi que, a regañadientes, acepó continuar con reservas en el proyecto. Al rato, milagrosamente, salió caminando bien de mi oficina; la rodilla «se curó» durante nuestra conversación.


Amanda tenía razón en estar incómoda con la persona que era el principal asesor del proyecto, quien nos había vendido la idea de las chocolateras y con quien había viajado a San Vicente a conocer la experiencia. Conversé con él, entendió las reservas que había, acordamos continuar sin él. Posteriormente, Amanda sugiere que conozcamos a su yerno, el brillante y talentoso ingeniero venezolano, Simón Pérez. Cuando lo conocimos nos sorprendió y agradaron muchas de sus sugerencias. Él era ingeniero mecánico, un genio creador e inventor por naturaleza. 


Más tarde supe que de joven fue contratado para trabajar para una importante empresa petrolera americana, en aquellos días en los cuales muy rara vez un venezolano se aventuraba a trabajar más allá de nuestra casa.


Este encuentro le dio una vitalidad diferente al proyecto de las chocolateras, innovación tecnológica, además de incorporar en el proceso creativo tecnológico a los beneficiarios, diez en total. Fue una muy rica experiencia.


Pasan los días, las semanas y llegamos a la inauguración de las plantas. Una a una, fueron visitadas por el gobernador Enrique Mendoza, quien se convirtió en un enamorado del proyecto, y de lo cual luego contaré una historia sobre esto, y así íbamos inaugurándolas. El 5 de mayo del 2000, justo el día de mi cumpleaños 33, nos tocó inaugurar la planta de Amanda, la que se convertiría en la querida tienda de productos derivados del cacao, «Chocolates Mis Poemas».


Fue un día hermoso, no lo podré olvidar. Allí, donde muchos meses antes y en medio de una tragedia había conocido a esa señora mayor que me enamoró y llamó tanto la atención por ser quien es, estábamos dándole inicio a un proyecto que, gracias al esfuerzo de Amanda, comenzó a producir unos exquisitos productos derivados del cacao, muy especialmente, sus inolvidables bombones de chocolate.


La historia de Amanda, de «Chocolates Mis Poemas», es hoy conocida por muchos, cuando leo algunas versiones me da cierto celo saber que la historia la relatan algo distinta, que no es tan así como la cuentan, pero siempre me queda la satisfacción de saber que ella se encarga de corregirla.


A ella, mi muy querida y apreciada Amanda, me une no solo su chocolatera, nos une también esa hermosa amistad que surge entre las personas cuando al amor a las cosas bonitas, a las causas nobles, a la familia, porque mis hijos se convirtieron en sus nietos, y al encuentro sincero se le da espacio. En estos días en los cuales me sentía algo triste por cualquier pequeña razón, Amanda apareció de pronto en mis mensajes en el teléfono preguntándome cómo estaba. Le dije lo que me pasaba. Me respondió siempre con su simpatía y sabias palabras.


Allí me di cuenta de que el Universo es sabio, muy sabio, que sabe que hacer con nosotros y nuestras vidas. Sabía que me tocaba decirle a Amanda, a esa hermosa señora, que no aceptaba su renuncia porque con ella, muy pronto, en el futuro, tendríamos de su mano y de su nobleza los mejores bombones de chocolate de Barlovento, de Miranda y de Venezuela, y yo una gran amiga con la cual contaré siempre.


¡Gracias Amanda por tus bombones de chocolate y por permitirme quererte tanto!














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