Ir al contenido principal

De cómo fletamos un avión por nuestro derecho al voto

#UnaHistoriaQueNuncaAntesHabiaContado

 

Mi intención con estos relatos es no tratar temas políticos. Mejor dicho, que tengan que ver con activismo, preferencias partidistas, de candidatos, etc. Por eso creo que esta historia, aún cuando ocurrió para participar en unas elecciones, vale la pena contarla.

 

Hasta el 12 de febrero de 2012, día en que se realizaron las primarias para escoger el candidato opositor en Venezuela, los venezolanos en Calgary éramos algo apáticos, mejor dicho, tímidos. Hubo grupos que se organizaron para las actividades conocidas como “firmazos”, pero una comunidad activa políticamente no existía. No era el momento. Todo cambió ese domingo 12 de febrero.

 

El 13 de febrero amaneció con mucho ánimo la comunidad. La participación en Venezuela fue importante: ¡más de 3 millones de personas votaron! mucho más de lo estimado por los organizadores. Allí se prendieron las ganas, la alegría de muchos venezolanos y Calgary se contagió. La directiva de la asociación que agrupa a los venezolanos se propuso organizar unas jornadas para recoger firmas y solicitar la apertura del registro electoral en el recién estrenado Consulado General de Venezuela en Vancouver, porque aún no estaba abierto a pesar de que, por ley, así debía ser.

 

Me acerqué con cierta prudencia y ofrecí mi apoyo. Me dijeron: “tú eres político, no queremos politizar el proceso”. Aunque me parecía un error desconocer que el derecho ciudadano a la participación electoral era un evento político, respeté el argumento.

 

Como siempre, algo preocupado, pero sobre todo consciente de lo importante que era apoyar todo ese proceso, decidí convocar a una reunión. Hice una invitación a Ikea, punto céntrico en la ciudad. Solo llegamos seis personas. De esas seis personas, tres decidimos organizarnos: Lucy, Gerson y yo. Y comenzaron unas semanas que son inolvidables.

 

Se inició una campaña donde participó la comunidad venezolana de todas y cada una de las ciudades de Alberta y British Columbia. Calgary, Edmonton, Fort McMurray, Red Deer, Vancouver y sus alrededores. Cada ciudad tenía su equipo, animado, entusiasmado. En Calgary no fue distinto, nos animamos y nos organizamos.

 

Lo logramos. Se autorizó la apertura del registro electoral y tuvimos nuestro centro de votación. Pero teníamos los días contados. El primer paso era inscribirnos en el registro electoral y había que hacerlo antes del 10 de abril, fecha de cierre del registro.

 

Comenzaron unos días interminables. Sin proponérnoslo, Lucy, Gerson y yo logramos una coordinación que se desarrolló casi que de manera espontánea. Cada uno se abocó a tareas específicas, sin que hubiese planificación estratégica o discusión alguna. Surgió de manera natural. Y en ese espacio surgió la pregunta: ¿cómo nos movemos rápido a Vancouver?

 

Todos querían ir a inscribirse y luego a votar. Acordamos que podríamos hacerlo de varias formas: la primera: car pool, o como decimos en Venezuela, “en colas”, cediendo los espacios vacíos en nuestros carros; la segunda: recoger dinero para alquilar carros o camionetas y armar grupos, lo cual ayudaría a mucha gente joven estudiante; la tercera: buscar descuentos para grupos en boletos aéreos.

 

Fueron días de conversaciones, cientos y cientos de correos electrónicos. Ideas, concretarlas, lograr el objetivo. Con las dos primeras, todo bien desde el principio. La tercera resultó cuesta arriba. Por todos lados los precios eran costosos, hasta que Gerson trajo una propuesta: “vamos a fletar un avión, déjenmelo a mí”. Mi primera reacción fue de sorpresa. Él, un hombre de mucha experiencia en logística en el mundo petrolero nos dijo: “no se preocupen, yo logro un excelente precio para todos los que vamos a viajar a inscribirnos”. Y lo logró.

 

Comenzamos a llenar ese avión de pasajeros, correos con listas iban y venían. “Anota a fulano”, “borra a fulano, se va por tierra”, “agrega a fulana, el esposo canadiense le paga el pasaje”. En fin, días que hoy recuerdo con mucha gracia, pero que fueron hermosos, muy hermosos porque los tres, y estoy seguro de que los que fueron en ese vuelo también, disfrutamos a montones lo que estábamos haciendo: poner nuestro grano de arena por una Venezuela distinta.

 

Todo se cuadró y el lunes 2 de abril preparamos la lista final. Todos habían pagado su boleto. Gerson me llama y me pregunta: “no veo tu nombre en la lista”. Le respondo: “no te preocupes, yo me voy por tierra”. Me dice: “deberías venirte con nosotros, son 24 horas ida y vuelta”. Le respondo: “Gerson, no tengo la plata para pagar el boleto”. Me dice: “tranquilo, pon tu nombre en la lista”. Le digo: “si me prestas el costo del pasaje, lo hago y me comprometo a pagártelo en menos de un mes”. Me dice: “dalo por hecho”.

 

Amanecía el Viernes Santo, 6 de abril de 2012. El día del viaje. Llegamos cerca de las 4a.m al área de aviación comercial del aeropuerto de Calgary. Todos emocionados y orgullosos de lo que estábamos haciendo. Los tres en equipo ordenamos a todos; listas de pasajeros, chequeo, boarding pass, y nos embarcamos. Minutos antes del despegue, la aeromoza nos da todas las indicaciones y al final dice: “Mr. Gerson wants to talk to you”.

 

Gerson toma el micrófono y dice lo siguiente: “amigos, gracias a todos por haber sido pacientes, por soportar tantos correos ida y vuelta. Anoche les envié un correo con las cuentas de este vuelo. Si lo revisaron habrán visto que a cada uno le debemos casi dos dólares. Bueno, yo tomé la decisión de usar ese dinero para pagar el pasaje de Josué, espero que no haya problema con eso”. Todos empezaron a aplaudir, a silbar.

 

Cuando escuché eso casi que me da un infarto. Yo sentado en un asiento de pasillo me encogí y la chica que estaba sentada a mi lado me dice: “tranquilo Josué, no escuchas que la gente está de acuerdo. Bien por ti, te lo mereces”. Mi respuesta: “es que ese no fue el acuerdo, todo lo que hice fue por registrarnos, no por viajar gratis…”.

 

Llegamos a Vancouver, logramos inscribimos a tiempo. Regresamos a Calgary, orgullosos, lo logramos. Después de tanto esfuerzo íbamos a participar en las elecciones presidenciales de Venezuela de octubre de 2012.













Comentarios

Entradas más populares de este blog

El día que nos enteramos por qué

#UnaHistoriaQueNuncaAntesHabíaContado Una tarde, a finales de enero de 2017 llegué a la casa de una cliente y amiga a buscar la encomienda que enviaría a Venezuela. Estaba sumamente estresada, no entendía lo que decía, «fue un terrible accidente, no sé quién está vivo y quién no, es terrible Josué, es terrible». Le pedí que se calmara y me explicara qué pasaba, me ofrecí a apoyarla en lo que fuera necesario.   Un poco calmada me contó que su ahijada vivía en Argentina y que el hermano de su novio tuvo un accidente de tránsito en Calgary. Lo único seguro que sabía era que dos de ellos, eran cuatro, estaban en el Hospital Foothills. Le pedí que se calmara y que se tranquilizara, que yo me acercaría al hospital a verificar quienes estaban allí, sus condiciones y todos los detalles posibles. Se calmó, aceptó mi ofrecimiento y me dirigí al hospital sin saber con qué me encontraría.   Lo que ocurrió esas siguientes semanas fue algo que me impactó de varias maneras, sobre todo en com...

Papá, Josué Ignacio, Glenn Gould y yo

#UnaHistoriaQueNuncaAntesHabíaContado   Antonio Josué, mi papá, dejó la casa cuando yo tenía ocho años, por allá en 1975. Vivíamos en Las Brisas de Propatria en Catia. Decidió separarse de mamá, y así comenzó nuestra historia de hijos de padres divorciados, común en muchas familias. Pero al mismo tiempo comenzó una historia que me ha acompañado toda mi vida y que, de alguna manera, «compartí» junto a Glenn Gould con Josué Ignacio, mi hijo.   Resulta que papá siempre me buscaba los sábados o domingos para que lo acompañara a cualquier actividad. Me recogía en casa, tomábamos su carro y a rodar por la Caracas de los años setenta y ochenta. Y siempre, antes de arrancar, encendía la radio y colocaba el dial 660AM, Radio Nacional de Venezuela, canal clásico. Imagino que la primera vez que lo hizo no me gustó, no lo recuerdo, pero lo repetía cada vez que salíamos. Siempre. No sé si era su propósito, pero allí comenzó mi conexión con Beethoven, Bach, Mozart, Vivaldi, Chopin, la músic...

Tía Yolanda, sus 80 años, su Escarabajo

  #UnaHistoriaQueNuncaAntesHabíaContado Lo que voy a expresar quizás sonará algo egoísta con el resto de mis tíos. Ellos saben del aprecio que siento por cada uno de ellos, todos, pero el que siento por mi tía Yolanda es muy especial. Es más, estoy seguro de que todos sus sobrinos sentimos lo mismo por ella. Tengo muchos recuerdos, todos hermosos, de mi infancia durante las vacaciones en la 15, la carrera 15 de San Cristóbal, Táchira, donde aún está la casa de mis abuelos paternos. Cada vez que terminaba el año escolar nos impacientábamos para tomar camino a San Cristóbal: a veces nos llevaba mi mamá; otras, mi papá; y en ocasiones viajábamos con algún tío que estaba de paso por Caracas. En muchas oportunidades también íbamos en diciembre para celebrar la Navidad y el Año Nuevo. Claro, esto último terminó cuando en 1979 mi mamá compró su primera tienda, luego otras, y diciembre se convirtió en el mes de las ventas y del comercio. Volviendo a mi tía Yolanda. Ella era, por decir lo m...